Balada triste de trompeta

20 12 2010

Otra sobre la Guerra Civil, dirán algunos. Y sí, qué pereza… Y qué miedo… La historia reciente de España en manos de un mercenario del artificio y el sainete como Alex de la Iglesia. Un cóctel molotov que explota ya en los títulos de crédito: pasacalles de celebridades del clero y la nobleza baturra de la España franquista a ritmo de saeta. Obertura avasalladora para una obra que no lo deja de ser nunca. Balada triste de trompeta pretende erigirse en el espejo convexo que nos devuelve, de manera especialmente grotesca, el reflejo de lo que fuimos y (¿demasiada ambición, quizá?), sobre todo, de lo que somos.

El prólogo de esta película, único fragmento enclavado verdaderamente en el conflicto bélico, es la muestra inequívoca de que Alex de la Iglesia esconde a un gran director de acción. Luego viajamos a los 70, con la guerra y sus consecuencias ya maduras y la narración se convierte en un juego de metáforas, que unas veces rozan lo burdo y otros adquieren cierta genialidad. Peca de exceso De la Iglesia, pero es un exceso consciente. Todo su universo habitual de esperpentos se pone al servicio de la alegoría, resultado de un proceso catártico suicida por su parte, pues ha volcado de manera visceral sus tripas en un texto abrasador, corrosivo, negro, desagradable.
Criticarán Balada triste de trompeta por su caos discursivo, por el indudable afán del director en convertir a sus protagonistas en títeres sin motivaciones psicológicas de un teatrillo arbitrario en el que habla más el autor que los personajes. No les faltará razón en cierto sentido. Pero el director prefiere ser pragmático. Su idea de España es la de dos payasos que se pasan la vida a tiros. Sus dos personajes principales, esos dos payasos, metáfora de las dos Españas, luchan por un amor, un ideal, hasta la desfiguración total del rostro y del alma.

Esta es una historia de monstruos, sobre todo interiores. Un face to face a muerte entre la represión practicada por unos y el ansia de venganza de los otros. Y también una historia de gaznates rebanados al más puro estilo Tarantino. No en vano, la cinta nos devuelve ecos de sus Malditos bastardos. El impulso ulterior que mueve al director es abrumarnos con el espectáculo cruel de la guerra y sus consecuencias, con el tenebroso panorama de una España repleta de miserias intestinales. Y, a pesar del caos reinante en su discurso, de su incapacidad para hacer un cierto ejercicio de contención, a ratos lo consigue, pues golpea la cara del espectador sin complejos ni miramientos. Efectista sí, pero efectivo.

Fuente: Vanitatis

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