Los dictadores ante la Justicia: una historia con muchas ausencias y pocas condenas

23 12 2010

La justicia argentina ha condenado -por segunda vez, pues ya lo hizo en 1985 y fue indultado en el 90- a Jorge Rafael Videla a cadena perpetua por los crímenes cometidos durante su dictadura (1976-1983). La pena implica su cumplimiento en una prisión común, aunque es poco probable que por su edad -Videla tiene 85 años- acabe ocupando su celda, como les ha ocurrido a otros dictadores -sin ir más lejos a un compañero y compatriota de Videla, Reynaldo Bignone-, criminales de guerra y genocidas a lo largo del pasado siglo.

La noticia está dando la vuelta al mundo tanto por lo simbólico -un mensaje inequívoco para futuros dictadores- como por lo poco habitual de estas condenas.

Uno de los más recientes y sonados casos fue el del iraquí Sadam Husein. El dictador iraquí fue colgado tras ser declarado culpable por un tribunal de su país. Hussein tenía mucho sobre lo que responder por sus actos durante las décadas que dominó el país asiático, aunque sólo pudo ser detenido tras una invasión extranjera basada en unas supuestas pruebas de tenencia de armas de destrucción masiva, que luego se demostraron falsas.

El militar y presidente uruguayo, Gregorio Álvarez (1981-1985) esperó más de treinta años hasta verse procesado y condenado por “desapariciones forazadas” y 37 homicidios durante sus épocas como presidente y comandante en jefe del Ejército.

Al emperador Bokassa –Jean Bédel Bokassa– de la República Centroáfricana fue juzgado sin estar presente en su país y condenado a muerte por traición, asesinato, canibalismo y apropiación de fondos públicos poco tiempo después de su derrocamiento. Volvió al país y fue detenido, aunque un año después fue conmutada la pena por la cadena perpetua y con la llegada de  la democracia fue amnistiado.

No sólo de africanos, asiáticos y sudamericanos se nutre esta selección que podría ser mucho más larga. Europa también ha vivido procesos contra dictadores como los de Nicolae Ceausescu en Rumanía -tras la caída de su régimen fue juzgado por un tribunal militar y ejecutado- o Georgios Papadopulos, el hombre que instauró la dictadura de los coroneles en Grecia, y que fue condenado a la pena capital -aunque se le conmutó por cadena perpetua.

Un caso que tocó muy de cerca a España fue el de Augusto Pinochet. El dictador chileno fue arrestado en Londres a petición de la Justicia española y fue extraditado a su país para ser juzgado por sus delitos. El proceso no llegó a resultar en condena: el tribunal creyó que el estado de salud mental de Pinochet -que comenzaba a mostar signos de demencia senil- no le permitiría una defensa cabal y decretó su arresto domiciliario. Poco tiempo después falleció.

La muerte antes que la Justicia

Muchos dictadores han eludido el oprobio de responder por sus delitos al fallecer. Adolf Hitler, cuando su derrota era inevitable, decidió poner fin a su vida y evitó ser la máxima estrella de los futuros Juicios de Nuremberg. A Benito Mussolini, el dictador italiano y aliado del alemán, un grupo de partisanos lo ejecutó cuando intentaba huir a Suiza.

Tampoco sabremos nunca si el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo habría tenido que comparecer ante un tribunal por sus actos -como por ejemplo por la muerte de miles de haitianos de la zona fronteriza de su país-. En mayo de 1961, su automóvil fue ametrallado en una emboscada. Recibió más de 60 impactos de bala.

Lo que no hay duda es que el conocido como Pol Pot -el líder y creador de los Jémeres Rojos en Camboya- habría pasado por un tribunal, como algunos de los lugartenientes de aquel régimen atroz han comparecido en la actualidad. Sin embargo, al líder camboyano el monstruo que creó le acabó devorando: murió en 1998 a los 73 años de edad en algún lugar de las junglas de su país, siendo prisionero de los Jémeres Rojos, el grupo que él mismo había creado cuatro décadas antes.

Sin Justicia

La muerte, en estos casos mucho más plácida, también libró a otros dictadores. En España, el general Francisco Franco murió en su cama y aún en el poder -más de treinta años después de su fallecimiento el juez Garzón intentó sin éxito investigar las desapariciones durante la guerra y el franquismo, aunque no provocó más que polémica-. Otra de las más negras figuras del s. XX, Josef Stalin murió en el poder a los 74 años sin tener que responder jamás por sus famosas y trágicas purgas o por su papel en la Segunda Guerra Mundial -por la invasión de Polonia, masacres como las de Katyn, etc.-.

En el África de hoy en día es donde podemos encontrar un buen número de dictadores cómodamente asentados en sus poltronas y en bastantes apoyadas por potencias occidentales y democráticas: desde Robert Mugabe (en Zimbaue, en el poder desde 1989), a Teodoro Obiang (en Guinea Ecuatorial, desde 1979), Paul Kagame (en Ruanda) o Omar Hasan Anmad al-Bashir (en Sudán, desde 1993). El caso de al-Bashir llega al extremo de que, cuando en 2009, la Corte Penal Internacional de La Haya pidió su detención a petición del fiscal argentino Luis Moreno Ocampo por crímenes de guerra en Darfur, éste se limitó a expulsar a los miembros de 13 ONG del país.

Fuente: 20 Minutos

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